Una carta de amor ordinaria
Recuerdo mi asombro.
Tu casa, un diamante. Qué prolijo todo: tus guitarras que no tocabas, pero creaban una imagen radiante para cualquiera, una fachada magnífica. Ningún libro, porque leer no es para tipos de mundo como vos, de espíritu agitado. Tan militante del trucho simbolismo de los héroes. En ese momento me detuve, hipnotizada por esa estampa casual y qué bueno que te guste el punk, pensé, aunque fue mucho antes de saber que cada vez que cruzara, frente a tus ojos iluminados, un auto de alta gama, dirías que se te paraba la pija tan solo de verlo. Tan intenso, insistente, tus cataratas de te amo y un lazo del color de la rosa con el que me enredabas, porque todo emerge apretujado durante esos meses en los que cogemos como dos condenados a muerte. Abrumador adolescente casi cincuentón. Mi confusión por descifrarte crecía. Un personaje rebelde adorador del lujo y el orden. Un actor de izquierda, ¿la izquierda de quién? Tan ridícula contradicción entre autor y narrador. Una composición escrita por otros y tu deseo una bomba siempre a punto de explotar. Y cómo te gustaba mi culo. A vos te encantaba que te lo hicieran: mis amigos no saben nada, aclarabas, con ese tono clandestino, porque tu reputación de artista punky está antes que todo. Aguantate el dolor, así me decías, así de dulce eras. Un genio aclamado por todos, una florida perversión, una imagen de ídolo decorada con acrílicos, venerada por tus fieles. Gordito burgués, como me gustaba llamarte. Qué machito más pomposo. Tus amigos reyes de tierras perdidas, igual que vos, que cualquier hembra ciega que fuera capaz de aplaudir tu doble cara. Qué loca yo, una tarada mental. ¿Y si todo hubiese ocurrido en otra época? Te imagino muerto en combate y mis cartas perdidas por el correo. "Mi amor, si supieras cómo se tiñe el cielo cada vez que te pienso, se inmortaliza tu mirada en el aire y cierro los ojos para acortar la distancia entre ambos". Qué bizarro el amor. Ojalá hayas estallado en un campo minado, ojalá te haya explotado una granada en la mano. Te nombro y me inunda la calumnia. Seguro desapareciste por mi culpa. Perdón por no haberte culeado; debí ponerte en cuatro, mi muchachito amado, regalarte un dildo y hacerme de una dominancia letal, como pedías; no ser tan machista, como señalaste la noche que me negué; ni tan freak sexual, como me llamaste la tarde que quise acceder a tu demanda. Enfermarme, guarecerme.


Comentarios
Publicar un comentario