Nelly
Encuentro otra fotografía en blanco y negro, troquelada y un poco amarillenta, en la que mi joven abuela posa junto a sus padres. Ellos sonríen a cámara, inmortales, de pie, visten un orgullo mentido y ella, sentada, mira hechizada una ausencia.
La lobreguez de aquella muchacha de la foto perduró, cuidadosamente conservada, en la anciana que ocupó más tarde su existencia de niña envejecida.
Desde que la recuerdo, su cuerpo una nube oscura que jamás rompía en fresca lluvia. El hastío de las persianas bajas, los pequineses, el toldo de chapa, el olor a humedad, el televisor a todo volumen. ¡Virgen de Guadalupe!
Para conversar había que elevar el tono de voz a casi un grito, creo que fue sorda desde (quizás) siempre.
A veces mirábamos alguna novela y me contaba la trama, modificaba los nombres de los personajes según lo que era capaz de escuchar; a mí me daba pena corregirla, tan lejos de sí misma, poco podía oír desde su esquina, arrinconada.
Disfrutaba acostarme sobre su cama y comer los caramelos que guardaba en su mesa de luz; revisar dentro de su ropero dentro de sus muchas carteras dentro de su alma.
Solía contarme cómo su madre le había prohibido una libertad de bailes y hombres, así como estudiar y habitar una imaginada importancia. Con el mismo frenesí narraba, también, la vez que había ido a ver un espectáculo de Libertad Lamarque y en un arrojo de fe se había acercado al escenario y le había dado la mano.
Sobre ella, se suspendía débil el sueño de un chalet con jardín, donde pudiera plantar malvones, colgar helechos y enterrar a sus pequeños muertos en un rito callado de espacio propio. Pero un jardincito es un privilegio reservado para los hijos de la tierra, y ella era toda luna.
Así creció y murió en su casa de siempre, a la que una vez le cambiaron la cocina a leña por la novedad a gas, la misma casa a la que un día llevamos la urna que contenía a sus padres.
Ahora, su voz es un colibrí moribundo posado en una higuera arraigada dentro de mi garganta. La fruta cae y aplastada sucumbe como las palabras.
Ella es la vieja fortuna escondida en el final de la tierra y su canto (y su canto).
Hay una pregunta que, ocasionalmente, interrumpe como verde brote y, vergonzosa, vuelve a esconderse en las profundidades.
¿Cuál es la distancia entre el cielo y la tierra?
Alguien responde: una mujer que vuela.
-
Chica Muertaviva - 2021



Comentarios
Publicar un comentario