El Alien
Hay una planta creciendo en mi pared. Todavía es pequeña. La observo unos minutos y dudo en quitarla. Si la dejo ahí, la humedad va a invadir toda la casa, pero temo arrancarla antes de tiempo y que el veneno se esparza con mayor rapidez. Eso sucede, por ejemplo, con la picadura de ciertas alimañas, por eso aconsejan no tocar la herida y esperar a que se coloque el suero indicado. ¿Y si tapa el patio? Porque si avanza hacia fuera lo hará también hacia dentro. Eso me perturba. Y si se derrumba la pared, pienso, qué hago si se me cae el techo encima, los muros, si se hunden los cimientos. La gente suele quitarlas justo ahora, con las raíces débiles, pero queda ese huequito por donde vuelven a aparecer los brotes, y si tapo el agujero va a abrirse camino de nuevo, va a crear una grieta en otro sector.
Hace una semana, medía diez centímetros, más o menos. Ahora, duplicó su largo y le han salido nuevas ramitas, como brazos que quieren alcanzar algo. Es una entidad de piel pálida y rugosa y tallo grueso. Me arrimo un poco para olerla y noto una fragancia agria, incomparable con otra cosa conocida; enseguida me provoca náuseas y me tapo la nariz.
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Lo que ayer era un verde apagado, hoy es blanco. Las hojas, lejos de reproducirse, se achican. Es tan rápida su evolución que comienzo a dudar si pertenece al reino vegetal. ¿Podría ser un animal? No puedo deducir nada, es demasiado pronto y no soy bióloga ni nada parecido como para investigar con más profundidad.
La sombra de la luna le ofrece calma, como un sedante. El sol la asusta como a un vampiro. Pero no se acobarda, por el contrario, avanza.
La nombré Alien. Es tan grande mi terraza que no sería descabellado pensar que alguna esfera de otra galaxia pudiera haber aterrizado allí para sembrar su experimento en mi casa.
Cada día descubro algún cambio. Hoy tiene un brillo nuevo que me hipnotiza e, inexplicablemente, parece un canto, una voz que me atraviesa y me transmite un mensaje irreproducible.
¿Qué quiere? Qué puede anhelar un ser exótico como este.
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Han pasado tres o cuatro semanas y la planta, mejor dicho, el Alien se ha extendido de forma enroscada, como una espiral de casi cuatro metros. Las hojas se volvieron gruesos corpúsculos redondos y carnosos, alrededor del tallo, de unos dos centímetros de diámetro. Capaz sea una especie de suculenta.
Su destello fulgurante comienza cerca del atardecer y es cuando me siento a admirarla, porque entonces emerge con su belleza única y no me genera tanta aversión.
Al mismo tiempo, su sonido singular y subterráneo que empuja hacia la superficie es, también, más plácido y armónico en ese horario, una música de foráneo encanto.
Suelo quedarme horas fascinada con su extraordinaria gracia, aunque parecen cinco minutos en otra dimensión, porque el tiempo transcurre distinto, un parpadeo o dos, incluso me siento más liviana ante su presencia real.
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Hoy, mientras tomaba mate, noté un sabor extraño en el agua. Supuse que algún componente del Alien ha comenzado a filtrarse en las cañerías. Pero no tengo con quién debatir esto. Descarto esa hipótesis, el agua de Rosario es una mierda hace rato. Seguramente, me pedirían remover por completo su existencia. No es una opción por ahora. Ni siquiera se parece a una glorieta en tamaño, quiero decir, no es lo suficientemente grande como para temerle o tomar medidas. Además, las últimas noches han sido mágicas, absoluta paz en borbotones de sereno aliento. Así lo he experimentado; al fin he comenzado a dormir sin ansiolíticos. He llegado a la conclusión de que su presencia es una cura, además de un enigma.
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La sombra es agradable, nunca había podido sentarme en el patio a la hora de la siesta en pleno enero. Preparo tereré y, a diferencia de otras veces en las que ponía la radio o algún mix de Youtube, escucho ese etéreo susurro que viaja por las diferentes habitaciones en un hechizo soberbio, mientras descanso sobre las baldosas, junto al malvón y el lazo de amor. Ningún ruido de la calle traspasa esta barrera orgánica que acrisola el temperamento del ambiente. Me siento a salvo. La luz penetra como un claro, como si esa piel recia y maciza fuese un tamiz capaz de depurarla.
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Antes, solía escuchar las discusiones vecinas o el bullicio, pero ahora solo me entero de lo que ocurre cuando salgo a la calle.
Al ir al supermarcado, hoy por la mañana, vi a los vecinos reunidos en la vereda, discutían acerca de un olor repugnante que les impide comer o dormir. Me acerqué con disimulo, me preguntaron si acaso yo lo sentía y respondí que no, pero, al parecer, es un problema que padecen desde hace tiempo y los tiene a mal traer, con el ánimo por el piso. Luego de escucharlos protestar un rato, seguí mi camino y, al regresar, ya se habían dispersado como hormigas.
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En la terraza, los truenos se oyen con fuerza. En la planta baja, sin embargo, los golpes de los rayos se pierden en la inmensidad y la lluvia resuena como teclas dulces sobre el mundo. Salgo al patio, las gotas se tiñen de un color morado y un tono iridiscente al atravesar el manto que se ha formado por debajo de la reja. Se derraman sobre mi rostro. Es un espectáculo de magnitud trascendente y un regalo que no logro abordar con palabras.
El malvón, el lazo de amor y el helecho parecen secos y contraídos. Espero que la lluvia los regenere.
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La llegada del otoño ha causado una reacción interesante. El Alien comenzó a dar unos frutos con forma ovalada y color rojizo que, a trasluz, se vuelven violáceos. ¿Es posible que se trate de una especie que pueda seguir el ritmo del hemisferio norte? Una primavera disruptiva capaz de delinear un estado atemporal y dinámico.
Es necesario aclarar que el espécimen ya se ha esparcido hacia el interior de la casa y recorre el piso con matas frondosas que, poco a poco, comienzan a escalar las paredes. Un detalle: se mueve a una velocidad diferente a la de cualquier variedad, por lo que, cuando me acerco al comedor, del que se ha apoderado, se zarandea con delicadeza y libera algunos de los frutos, los más maduros, como si me los ofreciera.
Después de juntar unas quince piezas, me animo a probarlas, no sin antes googlear información acerca de su consumo, un acto ridículo, ya que no encuentro nada en internet. No podría describir su sabor, tal vez confundirlo con algo similar al melón por su textura y un gusto a cítricos que cambia de temperatura a medida que lo saboreo.
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El invierno casi no se siente. La calidez que emanan los tubérculos me proporcionan una calefacción natural y agradable. He dormido varias veces sobre ellos, así es como detecté que respira. El Alien respira. La planta, o lo que sea, se expande y se contrae y quiere la vida. Me pregunto qué habrá al interior de los muros para que pueda nutrirse y desarrollarse. Y me intriga saber si acaso ha llegado a ocupar las casas aledañas (todavía no escuché ningún comentario al respecto). Cada vez que me cruzo con algún vecino, nos saludamos con la misma indiferencia de siempre.
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Hoy quise salir para ir a la verdulería. Uno de los brazos, que ya copó el hall, estaba apostado sobre la puerta del frente. Intenté moverlo con suavidad, pero desistí. No necesitaba mucho, en verdad. Tenía ganas de algunas verduras para combinarlas con los frutos, intentar algo nuevo. No es algo urgente, de todos modos. Desde que los consumo siento una fuerza inusual y no he necesitado de otro alimento. Invento varias recetas. Los bebo en licuados; los como con o sin cáscara, congelados, al horno. Cualquiera sea la forma, me sacian por completo.
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Ya no puedo distinguir la noche del día. Despierto en cualquier momento y me quedo dormida en cualquier parte de la casa. Pero ayer dormí en mi cama, después de meses.
Al despertar, descubrí el piso de mi habitación, que está en la planta alta, totalmente cubierto. Me acerqué a la escalera para comprobar que, mientras dormía, había avanzado de manera exorbitante. Me dejé agitar por un súbito temor, aunque recuperé el sosiego al poner un pie sobre su cuerpo fornido y, suavemente, comencé a descender sin más contrariedad que un movimiento suyo que casi me hace tropezar. La enramada viscosa se magnífica y adquiere poder.
Al alcanzar la zona de la cocina ya copada por material alienígena, sentí lo absurdo de mi presencia allí, sin otra cosa para hacer que mirar el grotesco revestimiento. Unas ansias bruscas de sol real y estrepitoso encendieron en mí el deseo de huida. Antes de bajar había escuchado música, no el sonido sublime al que me he acostumbrado, sino una música que provenía de uno de los departamentos de enfrente y me había movilizado como si, abruptamente, hubiera recuperado un recuerdo. Una emoción que solo puede aparecer ante algún evento revelador y te obliga a habitarla. Pero, como si hubiera oído mi pensamiento, su cuerpo entero se sacudió, de pronto, y en cuanto me dispuse a subir, una turba pendenciera me arrojó por el aire. Primero, resbalé y caí de espaldas sobre el descanso donde me detuve por unos minutos a esperar que se aquietara y, sujetada con fuerza a la baranda, conseguí sostenerme a medida que trepaba sobre la convulsión que acababa de desatar el Alien en un aparente ataque de ira. ¡Basta! Protesté, y liberé un patada sobre su cuerpo baboso que lo hizo chillar justo cuando logré llegar a la planta alta y a la escalera aún invicta que da a la terraza.
Fue cuando abrí la puerta que percibí el destello letal. Atiné a tapar mi rostro con mi brazo izquierdo y vomité sobre mis pies descalzos. Un líquido espeso y violeta, con coágulos y mucosidades, manaba de mi interior como una cascada. Mareada y tembleque me senté en el último escalón y cerré la puerta por dentro. Así permanecí por un tiempo inconmensurable, tal vez irracional. A rastras, conseguí regresar y entrar al baño que está próximo al dormitorio para enjuagarme la boca y lavarme la cara, después me acosté sobre la cama, todavía tibia, sin lograr que el asco se me fuera del todo.
Sutil y candoroso, se desplazó para abrigarme en un abrazo templado.
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Chica Muertaviva, diciembre 2024



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