El perro
Hubo un día inesperado, seguido de una noche insoportable. Fue cuando el perro se rompió.
Primero, hubo un llamado de mi ex, un llamado de socorro, un soplido constante, una advertencia, sssss-sssss, una sombra.
Después, son mis ojos y él, nuestro perro-hijo, sobre un colchón en el piso, con la cabeza dada vuelta, como si estuviera poseído. Toda su entidad es una especie de trance maldito. Desentraño un grito que se abre, se abre, se abre. Corro, lo abrazo, lo enderezo; ansío exorcizarlo de esa monstruosidad repentina, de esa mierda que seguro heredó de mí, el genoma destino.
La veterinaria viene a verlo y nos da algunas indicaciones sin sentido que se parecen a la lista de un psicópata. Hay que esperar toda la noche y ver cómo evoluciona: si ocurre un milagro, si se muere por su cuenta, pensar en la opción imposible de dormirlo para siempre.
No dormimos. Me rompo yo; se rompe mi ex. El perro ya está roto, pero se levanta, insistente, tambaleante; su andar en círculos y la caída y el espanto. Esos círculos que forman una espiral de repeticiones pérfidas; una sátira brutal acerca de los ciclos.
Tomamos café; tomamos mate; fumamos; nos turnamos para gritar y en silencio nos miramos los rostros desfigurados.
La veterinaria regresa por la mañana.
Por un segundo, entra una ventisca suave que nos acaricia. Track-track-track, los nudos se desatan y siento el olor del campo que es blanco-neblina. Me acaricia la devastación.
Ella tantea sus patas huesudas para encontrarle una vena; la detesto por tocarlo de esa manera, tan distante, mientras comenta cómo se roban los cables de luz en su barrio, como si fuera un día común y corriente, pero es el más terrible de los días.
Empieza a disparar la jeringa y me doy cuenta que no voy a volver a verlo. Me derrumbo. Yace seco, tibio; quieto, demasiado quieto. Lo aprieto y me aferro a su olor, a lo más real de lo que puedo sostenerme.
Nos hundimos.
Más tarde, mi ex cava el pozo y yo voy a buscar flores a un vivero cercano.
Cuando deposita su cuerpo en el fondo, se abre un pozo en mí y es una transferencia feroz, un túnel del tiempo cegado por la ausencia.
Esa madrugada, como una zombie ya convertida, miro hacia el final del patio donde está la tierra removida y fresca, donde se ve el rosal amarillo recién plantado que va a nutrirse de su carne tierna. Me pregunto si estará calentito con esa manta demasiado fina para un invierno así de despiadado; si le habrán inyectado suficiente de esa porquería, y me desespera la idea de que pueda despertarse de repente y ahogarse y me acerco y hundo los dedos en el barro. Me choco con el vértigo.
Nada de lo que me desborda es amor que me sobra y no sé dónde verter, es la noche que se me mete entre las uñas.
Budo; Budososo; Pancita con botón.



Comentarios
Publicar un comentario